viernes, 16 de julio de 2010

I - La Protagonista

Encendió un cigarro para respirar a través del tabaco, en un intento de asegurarse que seguía respirando. Mientras se consumía lentamente en su mano izquierda, empezaba un nuevo día del otro lado de su ventana. La enorme ventana que daba a una hermosa vista de la Ciudad de México estaba cubierta por un par de gruesas cortinas, haciendo que el hermoso amanecer, distinto al del día anterior y al del día siguiente pasara inadvertido.

Hay días que pasan y que a la larga no recordaremos como especiales. Este no era uno de esos días.

Jesica salía de la regadera para descubrir un departamento inundado por la fresca luz de la mañana y el frio fresco, resaca de la noche anterior.

No solo no era un día cualquiera, sino que Jesica estaba muy consciente de eso. Un vestido rojo llevaba 3 días esperando esa mañana de sábado en la puerta de su cuarto, dándole la bienvenida a todo quien entrara al departamento. A un costado había 2 cajas con la palabra “Coach” impresa, una contenía una bolsa y la otra contenía un par de zapatos de tacón. Ambos de piel, ambos morados, ambos de un diseñador que le fascinaba desde que tenía 16.

Jesica se pintó y se peino, se puso el vestido, los zapatos de tacón y llenó la bolsa con maquillaje, un celular, cigarros, una botella de agua y una pequeña libreta de hojas blancas con una pluma. La libreta tenía escrito en la portada “Las palabras se las lleva el viento”. Fiel al mensaje, Jesica siempre cargaba con ella para impedir, precisamente, que las palabras de su mente y corazón se las lleve el viento.

Salió del departamento para sentir el frio de la noche anterior. Pensó en regresar por algo que la protegiera del clima pero pensó para sí misma “No, este vestido no está hecho para estar cubierto, y este día no está hecho para que haya frío, este día va a ser perfecto”.

La colonia era “Condesa”. La fachada del complejo departamental recordaba el estilo clásico de las casas coloniales de la Ciudad de Mérida, de donde Jesica era originaria. Afuera, le esperaba un coche tipo sedán blanco. Había pedido la noche anterior que el conductor fuera por ella a las 8:00 a.m. y ahí estaba, justo a la hora marcada. Pidió un taxi por la simple razón que los zapatos que tenía puestos no estaban hechos para caminar alrededor de las colonia en busca de un taxi.

Se subió al coche y tras saludar amablemente al conductor le indicó el destino: "Al aeropuerto, por favor Don Ángel”.

Don Ángel era un hombre de ya avanzada edad que había mantenido a una esposa y 2 hijos trabajando como taxista privado. Jesica lo había conocido un sábado hace 3 años cuando necesitaba un taxi para ir al aeropuerto y tomar un vuelo de regreso a Mérida. Su hermano mayor que había vivido en la ciudad antes que ella la puso en contacto y desde entonces, Jesica contaba con Don Ángel para cualquier día en el que ella necesitara contar con un automóvil afuera de su departamento.

Don Ángel era bueno para los consejos y aún mejor para los halagos. Fiel a eso, las primeras palabras que salieron de su boca en ese viaje fueron para halagar a Jesica por cómo se veía esa mañana. Si bien no todos los hombres con los que se cruzara Jesica ese día iban a expresar un halago a como se veía en palabras, al menos lo iban a hacer en miradas, fascinación y pensamientos indebidos. Se veía despampanante.

El camino al aeropuerto siempre la llenaba de nostalgia. Era el camino hacia dejar la ciudad y la vida que se había hecho por sí misma.

Jesica nació en Mérida, Yucatán un 15 de octubre hace 20 años en una familia de un papá, una mamá y 2 hermanos mayores. Creció aprendiendo de sus hermanos mucho acerca de los hombres y mucho más acerca de la vida. Hizo amistades en esa ciudad que hasta hoy en día llevaba consigo y creció con mucha gracia y sin ningún problema en la escuela, en su cosa o con el mundo. Estudió inglés y primero de preparatoria en Canadá donde adquirió un gran sentido de la moda y donde terminó de definirse como una mujer independiente. Regresó a Mérida sólo 2 años para después estudiar en una universidad de la Ciudad de México una licenciatura en Matemáticas. 3 años después ya tenía trabajo y tenía un sueldo lo suficientemente grande para poder pagar los antojos que nacían de esa fascinación que ella sentía por la moda. Era una joven inteligente, preparada, orgullosa, ambiciosa y, como buena mexicana, independiente y cabrona.

Jesica no dedicaba mucho tiempo a la reflexión de su persona, ni tampoco prestaba atención a lo mucho que cambiaba su forma de ser, pensar y vivir. La inestabilidad de su ser era alarmante.

Jesica vivía una vida perfecta, no había problemas ni conflictos. A Jesica también le gustaba mucho la fiesta, el cigarro, el alcohol y, como a toda buena mexicana, los hombres. Últimamente, sus días transcurrían entre fiestas, cigarros y cocteles pero no transcurrían entre hombres, ya que ella tenía a uno. El problema era que no lo tenía en la misma ciudad y ni siquiera en el mismo país. Su novio estaba en Francia, estudiando una maestría en Ciencia Política.

Pero su vida transcurría día a día sin contratiempo alguno, impecable y perfecta como ella.

Jesica revisó su ocupada agenda en su Smartphone para encontrar que esa noche tenía 2 eventos a los cuales acudir y, según ella, “nada que ponerse”. Revisó sus mensajes y sus redes sociales para encontrar comentarios de las fiestas y reuniones a los que había ido últimamente. Encontró también fotos y dio las gracias a que por alguna razón el decadente nivel de alcohol en su sangre no se reflejaba en su cara a la hora de ser fotografiada. Pensó que tenía demasiado estilo para verse mal.

Llegó al aeropuerto, le pagó la tarifa a Don Ángel y de bajo sin poder contener la emoción de lo que seguía. Mientras se bajaba del taxi, Don Ángel habló para sí mismo. “Va a ser un día muy feo”. Jesica ignoró el comentario pues sabía ella, que no le esperaba menos que un día perfecto.

A partir de que cruzó las puerta automáticas del la terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, fue como si un director gritara “¡Acción!”. Jesica vivió cada segundo como si estuviera en la película de su vida. Caminó, se movió y reaccionó como reaccionan las protagonistas en esas escenas tan conocidas por cualquier persona que ha sido expuesta a una película de amor. Y como en toda película de amor, en la de Jesica también hay un príncipe, y su nombre es Santiago.

Santiago había estado en Francia el último año estudiando su maestría. Aunque todo este tiempo estuvieron en una relación, por razones de trabajo y la ocupada agenda social de Jesica, no podían hablar más que un par de veces a la semana y desde hace 2 semanas no habían estado en contacto más que para quedar de desayunar esa mañana en el aeropuerto. Santiago había llegado la noche anterior y se iba esa mañana a Monterrey a visitar a su familia. Se habían conocido en la universidad y se habían enamorado rápidamente. Su historia de amor era sencilla y, como la vida de Jesica, había transcurrido sin contratiempo o problema alguno. Jesica tenía con Santiago lo que ella creía era amor. Le creía cada palabra y confiaba enteramente en él. Ella decía amarlo, al punto de casarse con él. Después de todo Santiago era maduro, adinerado, extrovertido y atractivo. Alto, castaño y con apariencia de nobleza inglesa, Santiago era un hombre que cualquier mujer quería, pero no cualquiera podría tener. Habían estado juntos por 3 años y ese tiempo le bastó a Jesica para pensar que no iba a haber otro hombre en su vida.

Santiago estaba parado en medio del pasillo esperando 2a su entrada en la escena. La clave fue que Jesica lo encontrara con la mirada. La cámara ficticia de este largometraje se enfocó en Jesica y ella sonrió de manera coqueta mientras caminaba hacia Santiago. Hacía zonas los tacones como hacen las mujeres con presencia pero al mismo tiempo caminaba como flotando, como hacen las mujeres enamoradas. Finalmente llegó hasta Santiago y lo envolvió en un abrazo enredando sus brazos alrededor de su cuello. Santiago respondió tímido, y solo supo abrazar los costados de la delgada figura de Jesica.

-“Te he extrañado tanto” le susurró Jesica en el oído derecho donde ella había ubicado su cabeza, Santiago respondió, nuevamente tímido, con un simple -“Yo también”-. El sexto sentido que tenía Jesica como mujer ya se había disparado y notaba algo extraño en la conducta de Santiago, algo que definitivamente no estaba en el guión.

-“¿Cómo estás?”- inició Jesica.
-“Bien” – repuso el príncipe.
-“¿A qué hora sale tu vuelo?”
-“Tengo una hora exactamente”
-“Entonces vamos a desayunar rápido, y mientras me platicas de Paris”- y seguido de esto Jesica le tomo la mano y empezó a caminar hacia el Starbucks que estaba a unos pasos de distancia.

Tras ordenar, se sentaron en una de las pequeñas mesas. Al seguir actuando de manera tan tímida, Jesica decidió ayudar a Santiago narrándole sus últimas noches de fiesta en la ciudad. Ella pensó que quizá se sentía extraño por estar de vuelta o se le había olvidado cómo hablar en español o quizá no se acostumbraba aún al horario. Ese sexto sentido se cubrió rápidamente por la gran habilidad que también tiene como mujer de cubrir lo que no quiere ver.

Jesica siguió hablando de su ocupada vida social por la mayoría de la hora mientras Santiago la veía con una mirada reflexiva, como si le estuviera costando trabajo entenderla o escucharla. Jesica ignoró eso.

Hacia los últimos 20 minutos, Santiago la interrumpió y en su cara se veía que lo que venía le estaba costando gran trabajo. Y lo que venía no estaba en el guión.

-“Jesica, tenemos que hablar”

De inmediato, Jesica cerró la boca. Estaba tan sorprendida por esa frase, que no supo cómo reaccionar. Si, no habían estado muy en contacto últimamente, pero estaban enamorados, eran el uno para el otro. No podía estar ocurriendo esto.

-“Mientras estuve en Francia conocí a alguien. Estoy enamorado de ella. No supe decirte por teléfono así que quise esperar hasta hoy para comunicártelo. La amo, y la estoy llevando a Monterrey para que conozca a mis papás. Siento mucho hacerte…”- y Santiago siguió tratando de justificar la situación y de apelar el perdón de Jesica.

Ahí estaba Jesica: Hermosamente pintada, con su castaño cabello brillando, con ese hermoso vestido, hermosos tacones y hermosa bolsa lista para actuar la escena que ella había estudiado, no la escena que la vida le había escrito para ese momento.

No supo porqué todo a su alrededor era silencio. Veía como las bocas se movían, como la gente caminaba, como los baristas preparaban más café y como la boca de Santiago se movía, pero ella no escuchaba nada. Pensó para sí misma que el rompimiento de su corazón la había dejado temporalmente sorda.

Tomo un último sorbo de su café seguido de su bolsa. Se levantó y empezó a alejarse de la mesa y de Santiago. Pensó escuchar que la llamaba a gritos, pero su cuerpo seguía aturdido. Simplemente siguió caminando.

No pensaba en la otra mujer, no pensaba en Santiago. Lo único que pensaba era en que necesitaba un cigarro.

Se dio cuenta que lo que le dolía no era perder a Santiago, sino perder la vida perfecta que tenía planeada vivir junto a él. Sin Santiago, no había final feliz. Sin Santiago, se acababa su vida perfecta. Sin Santiago, lo único que le dolía es darse cuenta que su vida nunca fue tan perfecta para empezar.

Salió del aeropuerto y buscó en su bolsa un cigarro y un encendedor. Encontró el primero, pero recordó que el segundo no dejó el departamento con ella.

Enseguida ubicó a una mujer que estaba fumando. Le pidió prestado su encendedor el cual ella misma prendió y le extendió para que encendiera su cigarro. Debido a que sus ojos seguían en shock junto con el resto de su cuerpo, no supo distinguir más de la mujer que era castaña, más alta que ella y que tenía en la mano que le tendió junto con el encendedor un brazalete plateado con la letra “A” inscrita. La mujer no dijo ni una palabra pero Jesica dio unas sencillas “Gracias” antes de alejarse con su cigarro.

El efecto del cigarro fue el deseado. Perdió aún más sensibilidad en todo su cuerpo e incluso en su mente. Era lo único que quería, no quería sentir nada. Quería posponer el mayor tiempo posible el caer en cuenta de lo que acababa de pasar.

Tras consumirse el cigarro tomó un taxi y le pidió que la llevara a su departamento. En el camino empezó a llover. Mientras estaba en el taxi, apagó su teléfono y anotó en su libreta una pequeña frase: “Un corazón roto destruye más que cualquier bomba”.

Llegó al complejo de su departamento sin mojarse mucho y se vio en el espejo que había en la entrada. Ahí estaba, lista para ser protagonista de una historia de amor, pero pérdida en la historia de alguna otra mujer. Lo que ella estaba viviendo le tocaba a una mujer débil, que no se apreciaba a ella misma, que se había involucrado con el hombre equivocado. Esta historia le correspondía a otra mujer, no le correspondía a ella.

Subió al tercer piso, donde estaba su departamento, y apenas entro se dirigió a la recámara. Las gruesas cortinas seguían cerradas y oscurecían la habitación. Cerró la puerta y se encontró consumida en la oscuridad, perdida en ella. Y perdida de su cuerpo y de su vida, era precisamente como quería estar.

No se quitó el vestido ni los tacones. Se acostó sobre su cama y dejó su bolsa a la altura de sus pies. Se cubrió con un cobertor y se durmió. Lo último que pensó antes de conciliar el sueño fue: “¿Qué voy a hacer?”.

Durmió todo el día y quizá hubiera dormido toda la noche de no ser porque se movió mientras dormía y tiró su bolsa de la cama. La despertó el ruido de la bolsa y se despertó lentamente. Se levantó solo para recoger las cosas de su bolsa y después de eso planeaba regresar a dormir. Lo único que se salió de su bolsa fue su teléfono el cuál encendió para descubrir algunos mensajes y el recordatorio de sus eventos de la noche. El primero era en una hora.

Se miró en el espejo para descubrir que su vestido estaba intacto, sin una sola arruga. Pensó para sí misma que alguien le había robado el protagonismo de su historia de amor, que se lo robó esa mujer que había enamorado a Santiago, que se lo robó Santiago al serle infiel con aquella mujer.

Y pensó que había pasado suficientes horas sin ser protagonista de su propia vida y no estaba dispuesta a que pasara una mas así. Tomo su bolsa, arregló su maquillaje y su cabello, y salió por la puerta una vez más sin antes tomar un saco negro.

Su primer destino fue “Cibeles”, un pequeño bar en la glorieta de la Cibeles. Llegó y entró sin ningún problema. Entró y no encontró ninguna cara familiar; había llegado temprano. Decidida a matar el tiempo y de paso ahogar sus penas, se acercó a la barra y pidió un Martini. El vodka raspó su garganta en un trago demasiado grande y notó como bajaba hasta llegar al área de su corazón a partir de donde no sintió nada. Pensó que quizá era porque ahí ya no quedaba nada.

Tras dar otro fuerte trago escuchó detrás de sí una voz muy familiar que decía: –“Si tienes sed, un Martini no te va a ayudar a calmarla”- Era Alonso, uno de los mejores amigos de Jesica. Seguido de ese simpático saludo, se sentó y pidió un Martini el mismo.

-“Tu también estarías tomando así si te hubieran dejado”- Explicó Jesica.
-“¿De qué hablas?” - Preguntó intrigado y preocupado Alonso.
-“Me dejó Santiago”- Respondió Jesica muy serena, y con esa voz siguió hablando.
-“¡¿Pero por qué?! ¡¿Qué te dijo?!”
-“Conoció a alguien más. Dice que la ama”
-“¡¿Y espero hasta ahorita para decirte?!”
-“Hasta hoy en la mañana, según él quería decírmelo en persona y por eso no me lo había dicho antes. Me engaño todo este tiempo por querer decírmelo en persona”.
-“Pero ¿solo conoció a alguien o se involucró con alguien?”
-“Pues la está llevando a Monterrey a que conozca a sus papás. Yo ni siquiera conocí a sus papás, 3 años de novios y jamás me los quiso presentar”
-“¿Te engaño Santiago? No lo puedo creer… ¿Quién se cree este tipo?”
-“La pregunta no es quien se cree es ¿Cómo me pudo hacer esto? Nunca pensé que esto me pudiera pasar a mí, que yo podría ser una de esas mujeres engañadas, aprovechadas por los hombres”
-“No eres una de esas mujeres”
-“Entonces explica que esto me haya pasado… De cierta manera lo entiendo, ya no soy la misma. Voy de fiesta en fiesta y es lo único de lo que hablo, lo único que le cuento. Ya ni yo me reconozco, no solo soy una mujer engañada, quién sabe quién soy”
-“Jesica no puedes dejar que un hombre te haga sentir así”
-“Esto no es por Santiago, esta es la razón por la que Santiago me hizo esto. Ya no soy la mujer de la que se enamoró. Ahora soy una mujer a la que engañan, soy una mujer engañada.”
-“¿Y aún lo amas?”
-“Claro que sí. Lo peor es que regresaría con él si me lo pidiera. Por favor Alonso, no dejes que regrese con él”
-“Me encantaría Jesica, pero la verdad no hay mucho que yo pueda hacer. Al final del día vas a hacer lo que se te pega la gana. Tú eres la única que puede impedir que regreses con él. Y espero que sepas que un hombre que es infiel una vez, es infiel a sí mismo y es infiel toda su vida. Si lo perdonas, lo más probable es que te vuelva a engañar.”
-“Es un hombre infiel. Él un hombre infiel y yo una mujer engañada”- Y con esas palabras Jesica le dio un último trago a su Martini.

Tras uno de esos breves silencios que nunca es incómodo entre amigos, Alonso le preguntó si quería regresar al departamento a lo cual Jesica repuso que no, que quería recuperar la vida que le quitó ese hombre infiel.

Pagaron sus cocteles y dejaron el pequeño bar el cual ya se llenaba de personas y del ruido de la música electrónica. Al salir, se encontró con un espejo Jesica. Ahí estaba la protagonista, con el vestido y el maquillaje. Y esta vez, por primera vez en todo el día, notó que cuando se veía no veía nada. No había nadie en ese espejo.

Salieron de ahí y se dirigieron a lo que se describía en la invitación que ambos tenían como “una pequeña reunión en mi casa para celebrar mi cumpleaños”. Al llegar, encontraron una muy elegante casa que se había convertido en el antro más exclusivo de la noche. Gente vestida fantásticamente y tomando el veneno social que llamamos alcohol llenaba la casa. Jesica se decidió a disfrutar la fiesta, a no prestarle atención a lo que había sucedido esa mañana.

La fiesta transcurrió sin gloria ni pena, o por lo menos así fue para Jesica la cual se sintió perfectamente sola a pesar de estar en una casa con al menos unas 300 personas. Se fue de la fiesta temprano, dándose cuenta que por más que lo intentara, no iba a encontrar lo que buscaba en el fondo de un vaso lleno de alcohol.

En su departamento, se tuvo que volver a enfrentar al espejo. Se dio cuenta que hace mucho se había perdido, que no se acordaba de quién era. Que hoy intentaron decirle que era una de esas mujeres engañadas, pero si algo sabía es que eso no era. No sabía quién era, pero iba a averiguarlo. Esa noche se iba a ir a dormir y cuando se despierte, será una hoja en blanco y vivirá tratando de encontrar quién es como mujer. Así se le fuera la vida en el intento, y aunque se le fuere, ella habría sido la protagonista todo el tiempo. Eso es lo único que tomo de quien era antes, y jamás dejaría que alguien se lo volviera a quitar.

Esa noche antes de irse a dormir, Jesica colgó el vestido rojo y antes de irse a dormir escribió en su pequeño libro: “Yo soy la protagonista de mi historia. Si algo soy, si algo es mi esencia, es ser la protagonista”.

Después de todo, no se equivocó en la mañana. Este si era un día especial, éste era el día en que empezaba la búsqueda de quién era. El día en el que empezaba una nueva vida. Jesica es una mujer que vive en la búsqueda perpetua de ella misma. Esta es su historia.

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